Existe una expresión en el catalán de Lleida que no encuentra traducción satisfactoria en ninguna otra lengua conocida, ni siquiera en el catalán occidental: "Sol de agujero". Estas tres palabras sirven para definir aquella luz irreal y excesiva que se abre paso entre las nubes y suele preceder a una tormenta de las de verdad. Por ello, en algunos pueblos también lo llaman "sol de truenos", con toda la razón del mundo. Siempre he asociado la sensación lumínica de este fenómeno meteorológico con dos conceptos más abstractos y de etimología familiar: la iluminación y la ilustración. La primera posee a menudo connotaciones míticas que lo emparentan con el conocimiento religioso, revelaciones instantáneas o trastornos taumatúrgicos producidos por caídas del caballo, y lo podríamos asociar a ese concepto pictórico tan ramplón que llamamos "inspiración". La segunda, en cambio, la asociamos enseguida con actividades propias del conocimiento de carácter científico, más cercano, si le añadimos una buena dosis de "factor humano", al tercero de los métodos de conocimiento sabidos, y que es el que ahora nos corresponde: el artístico.
Más de una vez he comentado que si tuviera que elegir tres libros que explicaran, con aquel margen de libertad intrínseco al arte de la literatura, la época y el fenómeno que conocemos como Ilustración, estos serían, sin duda, Il Barone rampante, de Italo Calvino, El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, y Lo que sé de los vampiros, de Francisco Casavella. Y si esto ya lo tenía pensado es porque es un momento que siempre ha sido magnético para mí, y que, realizando un intenso ejercicio de precisión enciclopedista, podría definirse como la lucha (muchas veces errónea, otras sangrienta, otras, las que más, perdida) contra la ignorancia. Aquel período quiso prefigurar un nuevo tiempo y un nuevo mundo (los que ahora vivimos), pero los resultados, desgraciadamente, se parecen más a los peores augurios de los maestros de la ciencia ficción lisérgica que a los elevados ideales de felicidad y libertad de los ilustrados.
Después de haber sobrevivido a un siglo XX tan fascinante como retorcidamente complejo, este nuestro y nuevo siglo XXI está lleno de grotescos ejemplos de aquellos malos augurios, tanto en el ámbito artístico como en el político y social. La vieja sentencia punk "No future" parece el flamante eslogan del Necrocapitalismo, satisfecho de haber exterminado cualquier atisbo de utopía. El propio arte contemporáneo, demasiado lastrado por el ritmo vertiginoso que dictaban las vanguardias, que se jactaban de aniquilar cualquier propuesta ética o estética precedente, o por baremos mercantilistas que destruían su razón de ser más íntima, se ha mostrado excesivamente fascinado por la autodestrucción. Y tal vez ya toca salir de este bucle de sinrazón y redibujarlo todo de nuevo. Con la calma radiante que reina después del paso de un temporal que ha durado demasiado tiempo.
"Las maravillas del Universo" quiere ser una invitación a retomar ese espíritu humanista, en unos tiempos de pensamiento único y ostentosamente anti-ilustrado (lúcidamente retratados por la filósofa Marina Garcés en Nueva ilustración radical). Unos tiempos de fes ciegas, credulidades irracionales, rendiciones y renuncias a las que, siempre en desigual batalla, debemos combatir con la misma humildad y pasión con que han luchado los creadores, cíclicamente, a lo largo del tiempo. Este conjunto de trabajos sobre formatos reciclados diversos (álbumes enciclopédicos nunca completados, cartografías obsoletas, obra propia digerida por el olvido y la memoria) no hacen sino repensar nuestra cultura que, tal como sentencia la filósofa, "es todo lo que hacemos para ayudarnos a aprender a vivir juntos". "Las maravillas del Universo" quiere ser, en definitiva, un abanico para esparcir tinieblas y que vuelva a lucir la magia inexplicablemente sorprendente de un "sol de agujero".

“Les meravelles de l’Univers” de Xesco Mercé
 
 
n"Las maravillas del Universo" de Xesco Mercé